
Un hombre garabatea el día soleado
con la punta de una duda entintada de odio,
reza una oración improvisada
de los restos de las risas de lxs niñxs que a lo lejos lo encuentran,
se la reza al dios más cercano
porque lo ve con hambre y pena.
El mismo hombre piensa en blanco,
conserva un sueño titubeado
y arranca de las baldosas el rastro de su sombra,
enfrasca injurias,
reacomoda declaraciones;
todo esto por un día soleado.
Este hombre de reloj,
porque quiere saber a que horas se avalanchan
sus penas y alegrías,
está atrapado en el sonido de las hojas y el viento,
cuando éstas,
se reencuentran;
está atrapado en los cristales que al sol encaran,
en el viudo canto que a alguien prometió.
De pronto un silbido resquebraja su frágil segundo.
Un hombre muere aplastado por la ciudad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario