
I
En el rincón más lejano del bar escuché su voz,
cómo iba a ser que yo la escuchara entre gritos,
bajo la música,
envueltos en la apatía natural con la que comenzamos
y terminamos la jornada,
apatía disfrazada de confusión,
porque somos unos pendejos
creyéndose el cuento de muchachotes simpáticos,
bebiendo carcajadas
que luego son escupidas con la más violenta fuerza;
la mirada oxidada de la infancia.
II
La noche me incomodaba y se notaba,
ya nadie se me acercaba,
tengo una botella de cerveza casi llena,
de las pocas que van quedando,
aún así,
entablar palabras conmigo es arriesgarse,
todos saben que en el cuerpo, el olvido lleva al hospital
y a quien desafortunadamente se le tope.
III
Ahora estoy seguro, es su voz,
esa desgarradora confesión de la imposibilidad del mundo,
la herencia de todas las malas rachas,
el pantalón mojado
de rodillas sucias y rotas que nunca dejamos de usar
hasta el día que aparece una de las tantas madres,
la que nos da un buen baño
y luego observa como vamos odiando a quien aparece en el reflejo.
IV
No tengo claro si ya había pasado por esta habitación o no,
eran tantas caras,
se parecían a las piedras que están a la orilla de los ríos;
sólo molestan.
Era una suerte de divagación mi andar,
sin atención,
no daba para sobresaltos,
aun que iba mormurando ese poema que ella dijo
haber escrito para mí una vez:
“…no me mires más que con tus dedos
deja en ellos todo tu amor
recuérdame si me voy
lámetelos
cuando ya no esté aquí
huélelos
porque me encontraré con miedo al saber que he cambiado de uñas
que son postizas
pues en tu espalda han quedado aquellas que eran rosaditas
esas que no sabían lo que es escarbar en la tierra
las de tu amiga…”
V
El tiempo ya no existía en aquel lugar,
todo era una puesta en escena, ridícula,
del puñado de nicotina que aprieta en el bolsillo del pantalón
y que mis padres dijeron que le llamase
alma.
VI
Perdido entre columnas de maderas,
lo más lejos del cielo,
continuo escuchando su voz
y me convenzo de que esas son sus zapatillas
y su voz es susurro
y se anudan todos mis cabellos a los recuerdos
y es el ruido quien me cuida, oscurece mis ojos,
me regala caricias en escalofríos y quieto me quedo.
Todo para que la olvide
y yo le miento con la verdad,
mientras ella ríe junto a dos amigas,
o por lo menos eso es lo que veo.
En el rincón más lejano del bar escuché su voz,
cómo iba a ser que yo la escuchara entre gritos,
bajo la música,
envueltos en la apatía natural con la que comenzamos
y terminamos la jornada,
apatía disfrazada de confusión,
porque somos unos pendejos
creyéndose el cuento de muchachotes simpáticos,
bebiendo carcajadas
que luego son escupidas con la más violenta fuerza;
la mirada oxidada de la infancia.
II
La noche me incomodaba y se notaba,
ya nadie se me acercaba,
tengo una botella de cerveza casi llena,
de las pocas que van quedando,
aún así,
entablar palabras conmigo es arriesgarse,
todos saben que en el cuerpo, el olvido lleva al hospital
y a quien desafortunadamente se le tope.
III
Ahora estoy seguro, es su voz,
esa desgarradora confesión de la imposibilidad del mundo,
la herencia de todas las malas rachas,
el pantalón mojado
de rodillas sucias y rotas que nunca dejamos de usar
hasta el día que aparece una de las tantas madres,
la que nos da un buen baño
y luego observa como vamos odiando a quien aparece en el reflejo.
IV
No tengo claro si ya había pasado por esta habitación o no,
eran tantas caras,
se parecían a las piedras que están a la orilla de los ríos;
sólo molestan.
Era una suerte de divagación mi andar,
sin atención,
no daba para sobresaltos,
aun que iba mormurando ese poema que ella dijo
haber escrito para mí una vez:
“…no me mires más que con tus dedos
deja en ellos todo tu amor
recuérdame si me voy
lámetelos
cuando ya no esté aquí
huélelos
porque me encontraré con miedo al saber que he cambiado de uñas
que son postizas
pues en tu espalda han quedado aquellas que eran rosaditas
esas que no sabían lo que es escarbar en la tierra
las de tu amiga…”
V
El tiempo ya no existía en aquel lugar,
todo era una puesta en escena, ridícula,
del puñado de nicotina que aprieta en el bolsillo del pantalón
y que mis padres dijeron que le llamase
alma.
VI
Perdido entre columnas de maderas,
lo más lejos del cielo,
continuo escuchando su voz
y me convenzo de que esas son sus zapatillas
y su voz es susurro
y se anudan todos mis cabellos a los recuerdos
y es el ruido quien me cuida, oscurece mis ojos,
me regala caricias en escalofríos y quieto me quedo.
Todo para que la olvide
y yo le miento con la verdad,
mientras ella ríe junto a dos amigas,
o por lo menos eso es lo que veo.
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